Entrevistas

¡Una luchadora!

Fabiana Araujo: "No hay un día en que me despierte y no tenga dolor"

Enero 2018

La conductora de Donna moda está superando la segunda enfermedad que puso en riesgo su salud. Primero, le hizo frente a un cáncer de mama, y ahora a las consecuencias del síndrome de Guillain-Barré. Con actitud positiva y perseverancia en la rehabilitación, les sigue haciendo frente a las dificultades del destino con la sonrisa siempre latente.

Le dio pelea al destino. Fabiana Araujo (49) se recupera de la segunda enfermedad que puso en jaque su salud, el síndrome de Guillain-Barré, después de superar el cáncer de mama. Con la sonrisa a flor de piel que nunca perdió, la legendaria conductora de Donna moda, habló de su nueva vida, tan cerca de las tendencias y como ejemplo de superación. “Empecé con mi programa cuando los habituales tenían un segmento de moda, no había programas enteros. Además, empezamos con un eslogan de que mostrábamos lo mejor de la moda argentina cuando estaba en un momento muy complicado, cuando todavía faltaba que tuviese cohesión, identidad propia. Nosotros reproducimos el desfile en el piso y el diseñador tiene la posibilidad de contar lo que quiso decir con su colección”.

–¿Te sentís una referente de la moda femenina?

–Me ven como un referente de la mujer digna que atravesó momentos muy difíciles en su vida. Tuve dos enfermedades y experiencias de vida muy fuertes. Después de veintitrés años de casada me divorcié y conocí a otra persona y me enamoré locamente, como nunca me había pasado, y me volví a casar con el vestido de novia. Muchas de mis situaciones son ejemplos de superación, de que la vida siempre te recompensa, te da duplicado. Cuando te dan un diagnóstico como el cáncer de mama, no es que te acostás hoy y te podés despertar dentro de un año. Lo tenés que atravesar sí o sí. Y es preferible ponerle una buena actitud por vos, por la sanación, por el entorno y por el trabajo. Parece un cliché de libro de autoayuda pero te juro que es así.

–¿Nunca te enojás? ¿Ni siquiera cuando tuviste la segunda enfermedad?

–¡No, nunca! Cuando te pasan cosas buenas, tenés un buen laburo, te pagan bien, una buena familia, viajás, uno no pregunta por qué a mí, cree que se merece todo lo bueno que le pasa. Y como uno no se pregunta eso, por qué lo vas a hacer cuando pasa lo malo. La vida es eso: bueno y malo, luces y sombras. Aparte, ¿con quién me voy a enojar? ¿Con Dios, que me dio la vida? ¡Cómo me voy a enojar con Dios! Sí me enoja si alguien me hace un daño, eso me pone furiosa. Vi, a veces, un poco de lástima. Esa mirada sí la sentí. No me molestaba porque es muy humano. Lo que me sorprendió en la segunda enfermedad, quizá, es lo rápido que me recuperé, cuando hay casos en que cuesta más. Y digo que estoy bien de envase pero la enfermedad no se superó ciento por ciento.

–¿Qué significa eso?

–Todos los días me levanto con dolor en la mitad derecha del cuerpo, hace más de un año que estoy así. No hay un día en que me despierte y no tenga dolor. Con el síndrome de Guillain-Barré, donde mis anticuerpos atacan la mielina, que es la vaina que recubre los nervios, y la comen. Es como que se te pelan los cables y te paraliza. Tuve parálisis de la cintura para abajo y de la mitad derecha de la cara. No podía hablar, comer, caminar, mover las piernas. Fue un proceso más largo, peor que el de la otra enfermedad. En cambio, el cáncer de mama tiene una carga emocional muy fuerte. Pero me operaron, me hicieron rayos y ya… Después, salvo los controles cada seis meses, no hay nada más. Después te queda esa duda de volverá, no volverá…

–¿Al día de hoy mantenés esa duda?

–Siempre te queda, porque hay un antecedente. Cada vez que me hago una ecografía mamaria o una ecografía, tenés la sombra. Igual, el tiempo cura, pasaron seis años. Con la segunda enfermedad tuve miedo de no recuperarme, de no volver a caminar bien. Empecé a caminar pero me costó mucho recuperar la fuerza. Aún hoy, no puedo caminar mucho. No puedo ir a un shopping ni pasear como antes, o caminar diez cuadras seguidas como me gustaba hacer.

–¿Y cómo hacés con la actividad física?

–Nunca fui muy deportista, vengo así de fábrica. Ahora estoy haciendo yoga, que me permite relajarme, estirar, elongar, y hago un poquito de bici. No puedo hacer una clase de gimnasia, por ejemplo. Intenté y no puedo. Tengo una nostalgia de lo que podía hacer antes, como ir al supermercado, que me encanta, y hoy no puedo. Sigo con medicación para el dolor neuropático, de los nervios, y con los ejercicios de rehabilitación. También tengo medicación para dormir, pero lo hago bien. El estrés me exacerba el dolor, por eso trato de estar tranquila. Me pidieron que tratara de desacelerar el ritmo…

–¿Y lo lograste?

–No, no, no… Gracias a Dios tengo una pareja que es muy compañera y que fue muy sanadora en cuanto a su compañía y cómo me cuidó. No es fácil acompañar a alguien que está enfermo y que pasa por un trance así, y mi marido lo hizo. Fue un renacer, estoy muy feliz. De adolescente era muy negativa, tuve momentos de mucha oscuridad, y trabajé con eso con terapia, herramientas espirituales como la kabbalah.

–¿Qué son momentos de oscuridad?

–Perder a mi padre, momentos de enfermedades y operaciones maternas, tragedias familiares. De muy chica empecé a perder a toda mi familia. No tuve una vida familiar feliz ni una infancia gloriosa o maravillosa. Muchas horas de sanatorio, entierros, ir a elegir el cajón… Todo eso te forja el carácter, te da fortaleza, resiliencia. 

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