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Gabriela Trenchi: "Por culpa de Potocki fui a la vía para tirarme abajo del tren"

A dos años y medio de la cirugía que le practicó Aníbal Lotocki, así está la empresaria, que lo acusa por mala praxis. No puede dormir ni caminar del dolor, bajó de peso, no volvió a estar con un hombre y se define arruinada económicamente.

Trenchi toma muchos medicamentos para soportar los dolores.
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Fue al quirófano de Aníbal Lotocki en busca de un cambio estético, pero a Gabriela Trenchi (51) lo que le cambió fue la vida. Sus años de exitosa empresaria y relacionista pública, de mujer llena de energía, bella y socialmente activa, se transformaron en este calvario que parece no tener salida. El 15 de agosto de 2015 fue a ver a Lotocki con un pedido: hilos tensores en la cola. “Me dijo que me sacaba grasa de las rodillas y con eso me armaba lo de los hilos”, recuerda Gabriela. Llegó al lugar con Claudia Ciardone, su amiga. No quería volumen, sólo levantarse la cola. “En vez de ir a entrenar quise hacer la fácil, de vaga, en 15 días me iba de vacaciones, iba a quedar bárbara…”.
 
Lo consideraba un retoque, nada más. “Pero no me puso los hilos, usó otro material y el cuerpo no respondió como tenía que responder”. A los dos días empezó a sentirse mal, le quiso recetar algo por teléfono y quedó internada en una clínica por una hipocalcemia. Al bajarle las defensas, Gabriela también se vio afectada por el síndrome de Guillain-Barré, que le provocó una parálisis y dificultades en su motricidad. “Mi doctora de cabecera va a demostrar que fue por causa del material que tengo en el cuerpo”, dice Gabriela. Pero lo peor de todo fueron los bultos y granulomas que se le formaron en las pantorrillas y debajo de los glúteos. Le causan un dolor insoportable.
 
“Lo único que me calma es la morfina, pero mi doctora ya me la prohibió porque genera mucha adicción y puedo terminar como Ricardo Fort. Los granulomas no se pueden sacar porque es una cirugía demasiado riesgosa. Los médicos me dijeron que ya no me pueden rehabilitar el pie, estoy presentando el carnet de discapacidad”, explica Gabriela. Vive sola, desde aquel fatídico encuentro con Lotocki nunca volvió a estar con un hombre. “Me encantaría enamorarme, ¿pero quién puede querer estar conmigo?”. Estar con ella es ver cómo sus amigas la ayudan a limpiarse la boca o a caminar hasta el baño. O que de repente se le caigan tres muelas de hacer tanta fuerza ante el dolor. Tiene problemas en una mano, se le caen las cosas. Sufre calambres. Cada día 19 va a la iglesia de San Expedito para pedirle a Dios un poco de piedad. Y de justicia.
 
“Querer verlo a Lotocki preso es una de las cosas que me mantienen con vida”, dice. Y no miente. Porque pensó en matarse, varias veces. La imagen de su familia la rescató a tiempo. La de Lotocki preso también. “Un día fui a la vía para tirarme abajo del tren. Me paré esperando que se terminara todo. Estaba decidida, me puse a llorar, me vino un escalofrío y me salvé a tiempo. Después tomé pastillas, fue una semana que me la pasé arrastrada por mi casa, deprimida… Es algo que tengo en la cabeza todo el tiempo, y lo estoy trabajando en terapia”. Ir a su local de ropa –Monna, en Avellaneda 172, Ramos Mejía– le hace bien, pero necesita ayuda hasta para levantar la persiana. No puede cocinarse, le cuesta bañarse, usar zapatos, viajar. Sufre osteoporosis en todo el cuerpo, y ahora le aplican calmantes por suero porque su estómago ya no aguanta más pastillas.
 
El martes 27, el doctor Ariel Smurra la operará de la vista, que le quedó muy comprometida por estrés. Gabriela le agradece a él y a Karina Ravera, su médica de confianza. Y claro, también a su abogado, Mariano Lizardo, su ladero incondicional. “Todo esto me arruinó económicamente. Tuve que echar a una empleada de diez años, cerrar un local y vender un departamento para mantenerme. Me ayudan mis amigos, saqué dos préstamos para pagar todos los gastos que tengo. Para el juicio tengo que presentar el informe de un perito bioquímico que cuesta 40 mil pesos, y lo pago yo”. ¿Su esperanza? El juicio, que sería en agosto. Sueña con Lotocki preso y sin matrícula. Sólo eso, su cuerpo ya está condenado.
 
Moria Casán

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