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Súper colección Paparazzi: la biografía no autorizada de Jorge Rial

La niñez, la juventud y los primeros pasos en el mundo del periodismo del conductor más polémico –y chimentero– del país.

Jorge es el líder de Intrusos desde hace 20 años.
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La Calle Corrientes y su diversidad constituyen una micro usina de empleo, en la que el área de comunicación desarrolla un papel fundamental. Para ser más gráficos y focalizarnos puntualmente en el terreno del show: de poco les serviría a los productores teatrales o los que invierten su dinero en películas internacionales si los estrenos o los denominados “avant premiere” sin el acompañamiento de la prensa. La Avenida Corrientes, por historia, es como el Madison Square Garden de las Vegas para los boxeadores o la liga de Italia para un futbolista argentino. No hay elenco que no sueñe con sus luces por considerarla la plaza artística más importante de la Argentina. Y la crítica de los especialistas en los medios masivos suele inclinar la balanza, para bien o para mal. La prensa es capaz de ayudar a que un determinado producto extienda su vida útil sobre el escenario o, caso contrario, dictarle la extremaunción, siempre rigiéndose dentro de las reglas de la objetividad por más que el arte sea subjetivo desde su propia esencia.
 
 
Para decirlo en criollo: la prensa es una especie de juez capaz de subirte o bajarte el pulgar. Las repercusiones mandan y aunque a los ojos de la opinión pública quizás constituya un tema menor, para los que temporada tras temporada arriesgan su capital económico en la Avenida Corrientes, en Villa Carlos Paz o en Mar del Plata, por mencionar apenas algunos de los epicentros teatrales de la Argentina, de ninguna manera lo es. Porque cuando hablamos de plata no estamos circunscribiéndonos exclusivamente al salario o la remuneración de los contratados. Detrás de escena existe una logística que demanda la locación de viviendas para los integrantes del elenco y sus familias, traslados, comida y acuerdos individuales establecidos en el contrato. El desembolso que se debe hacer no es “chiste” si lo que se anhela es darle forma a una obra seria y con posibilidades palpables de generar las ganancias presupuestadas. En la misma situación, casi, se encuentran las firmas que ya tienen un entendimiento con los canales para publicitar en las tandas. Todos es plata, claro. 
 
 
En este punto, evidentemente el desembarco de la tecnología favoreció a los empresarios y a todos los que de un modo u otro se sustentan gracias al girar de la rueda teatral, televisiva o cinematográfica. Con la llegada de internet y sus derivados, como por ejemplo Netflix, el espectador cuenta con infinidad de chances para interiorizarse acerca de argumentos, conformación de compañías, tiempos de rodaje y hasta saber el precio de las entradas de un show en particular. Las plataformas virtuales actúan como una suerte de imán, pues todo lo enumerado se consigue desde la comodidad del living de la casa. Sí, pues únicamente precisa un celular, una tablet o una computadora convencional. Si se lo propone, inclusive, el espectador además puede obtener su localidad por la web y hasta asesorarse de la taquilla, que también es una especie de termómetro para convocar o, en su defecto, incitar al público a cambiar de planes.
 
 
Las propias redes sociales, sin ir más lejos, se han convertido en los últimos años en una herramienta de promoción insospechada, con la irrupción de los denominados influencer, mote que se les asigna a los usuarios que aglutinan en sus cuentas personales grandes cantidades de seguidores. Lejos de ostentar su alto índice de convocatoria en el mundo virtual durante las charlas de café o como excusa para “ganar” en el amor, estos simpáticos cibernautas prefieren, inteligentemente, darle una explotación comercial. La mecánica es simple: poner a disposición del mejor postor la difusión o la propaganda de tal o cual marca, producto o espectáculo, a cambio, ni hablar, de canjes o un dinero a convenir. La evolución de los influencer modificó el paradigma porque aparte, con 2019 ya en marcha, aún no ha sido instrumentada formalmente una normativa de regulación que la controle de cerca este canal comunicativo con propósitos, si se quiere, solapados.
 
 
Por ende, en una primera impresión parecería ser lo más conveniente para ambas partes: al oferente le abarata los costos y al influencer le posibilita recaudar gracias a un mero “retuit”, que traslada a sus seguidores en un segundo la visualización de una publicidad o el comentario sobre una obra de teatro, una serie o una película. Sin temor a exagerar, creemos que en la actualidad no hay excusa para sentirse desinformados. La pluralidad de vías comunicativas es tangible y la sistematización de los canales invita a imaginar que, así como la tecnología ha sido eternamente el enemigo más temido por la mano de obra humana, está claro que también puede generar trabajo. ¿Qué parentesco tiene esto con la actividad periodística? 
 
 
Los inicios de la prensa datan del siglo XVII y como cuarto poder declarado, sus abanderados han sabido resistir decenas de embates, basados en revanchas ideológicas o motorizados por la obsesión de los líderes mundiales desvividos por contar con su acompañamiento a cualquier precio. Contrariamente al deseo de los gobiernos dictatoriales y el autoritarismo, la prensa consolidó sus pilares y ni siquiera las amenazas ni las guerras acallaron su voz. Nos estamos ubicando muchísimo tiempo atrás, cuando Internet ni siquiera figuraba en los proyectos de las grandes potencias mundiales y, aproximándonos un poco más al presente, a lo sumo los más entusiastas se ilusionaban con la invención de los grabadores para archivar una entrevista y conservarla como documento irrefutable. Teniendo en cuenta lo que han forjado los primeros periodistas idealistas del planeta y viendo que hoy la noticia puede nacer en Twitter, Instagram y Facebook, evidentemente ya nada es lo mismo y, como indicamos líneas arriba, el paradigma de la información también es otro, muy distinto, por obra de las redes sociales.
 
 
La noticia. Primera acepción: “Información sobre un hecho o un conjunto de hechos que, dentro de una comunidad, sociedad, o ámbito específico, resulta relevante, novedosa o inusual. La palabra, como tal, proviene del latín notitia”. Y segunda: “Es el relato, la construcción y la elaboración de un hecho, evento o acontecimiento que se considera importancia o pertinente”. La definición de “noticia” conceptualmente conserva su significado independientemente de los términos que se empleen para su descripción, los cuales, en el 99 por ciento de los casos, se aplican de acuerdo a la lingüística de cada país y a su cultura. Porque, aunque no las veamos, la información y la cultura “siempre están”. Hay lazos que las asemejan, que las hermanan, que las vuelven compatibles. Cada acontecimiento y su comunicación son parte de la cultura. Juntos, valga el juego de palabras, le dan forma a lo que en el riñón de los profesionales de prensa se denomina “Cultura periodística”.
 
 
Sin ir más lejos, es lo que actualmente demuestran tener no solamente los que pasaron por la universidad o forjaron su carrera en los medios sin preparación académica previa. Nos referimos a usted, al ciudadano “común”, a ese que transita su vida en planos completamente ajenos a la actividad, pero que, imprevistamente y como primera reacción, siente que es momento de sacar el celular y sacar una foto para inmortalizar una escena. ¿Quién, acaso, no se asombró al descubrir su propia cultura periodística cuando, de repente, se origina un acontecimiento inusual que merece ser documentado? Un choque de trenes, el despegue defectuoso de un avión, una discusión de tránsito, una pelea en una boliche, un golazo en divisiones inferiores, un niño afgano que improvisa una camiseta del Barcelona con la inscripción “Messi” en su espalda, un parto casero, una torta de cumpleaños que se incendia accidentalmente, una caída en bicicleta, un asado de amigos, un vals entre papá y “la nena” que cumple 15 años, una carrera de kartings, un recital… Todo es cultura y todo es noticia cuando lo que se busca es comunicarla. Las redes sociales –volvemos a ejemplificar- nuevamente se muestran como las vías más rápidas, ofreciendo, inclusive, la chance de hacerlo en vivo y en directo a través de Instagram, la más empleada en esos casos puntuales donde el propósito es difundir en crudo.
 
 
Las filmaciones caseras son un eslabón más de la denominada “cultura periodística” y en gran medida se erigieron en una boca de expendio informativa para los medios tradicionales, que cada vez destinan más pedazos de sus espacios para ponerlas en pantalla o narrarlas en sus páginas. La multiplicidad de vías comunicativas trajo beneficios y facilidades para desarrollar su profesión para los que viven de esto. Simultáneamente algo de incertidumbre, justamente por advertir que a cualquier hora y lugar un simple aficionado podría llegar a convertirse en un fabricante de noticias con tan sólo llevar un teléfono encima. Es parte de la realidad, que desde luego ya no guarda semejanzas con el periodismo de antaño. No tanto por los fines, sino por los medios. La birome, insumo sagrado si los hay, ha caído en desuso. Increíblemente, claro, ya que en los años 80 verse privado de tomar nota de un acontecimiento directamente implicaba serios riesgos de informar sobre bases poco firmes. El margen de maniobra tampoco era muy grande: o pedir una birome prestada o disponer de una memoria visual y auditiva impecables. Muy riesgoso, desde ya. Por suerte para las nuevas generaciones de prensa, olvidarse o extraviarla ya no es un inconveniente tan grave, pues se puede remediar de varias formas.
 
 
En un estadio de fútbol, tomando una foto de la planilla con las formaciones de los equipos; en un siniestro vehicular bastará con una imagen de las patentes, otra con los nombres de las calles, más la correspondiente grabación de testimonios y demás datos “autograbados”. Es verdad que no es lo ideal, pero siguiendo estos pasos el problema fondo ya está resuelto. La escala valorativa de la información tiene en su vanguardia el término “primicia”. Técnicamente, significa “noticia que se publica por primera vez”. Así, escuetamente, la definición explica que el dueño de la primicia es el periodista o medio que brindó, antes que nadie, una información que seguramente será reproducida por otras voces una vez el ruedo. Ahora bien, sucede algo por lo menos curioso con respecto a esta descripción que hace la Real Academia Española (RAE), ya que con tanta diversidad de caudales informativos, podría catalogarse como algo incomprobable.
 
 
¿De qué manera, con tanta red social dando vuelta, sería viable certificar al medio o al periodista que divulgó la noticia de primera mano? Sospechar que antes la “chupó” de un usuario común y corriente de Twitter o de Instagram desvirtuaría cualquier reclamo legítimo por apropiarse de la primicia. Difícilmente algún medio o periodista en la actualidad esté en condiciones de respaldarse con argumentos irrefutables, que sustenten su afirmación de haber puesto en circulación una información genuina y fresca. La tecnología proveyó de una cantidad suculenta de instrumentos y emparejó la pulseada. En cierta medida la competencia ya no es tan desigual y la mayoría, exceptuando los grupos multinacionales y más poderosos, cuenta con una logística similar. Desde una visión empírica, “primicias eran las de antes”, dirían los más nostálgicos. Los archivos de prensa que aún no fueron digitalizados están atestados de papeles que les dan la razón a esos que desconocían internet y se criaron asesorándose de todo a través de los diarios, escuchando la radio o mirando televisión. En esas épocas, no tan lejanas por cierto, se ejercía otro tipo de periodismo. Más artesanal, con las relaciones humanas como eje para facilitar el acceso a las fuentes para chequear la información. Con birome y con papel, a lo sumo con un grabador. El periodista iba tras la noticia y no a la inversa, como aparenta ocurrir hoy en día aún con trascendidos de origen “trucho”, cuya finalidad es alarmar o genera psicosis mediante la viralización.
 
 
La primicia costaba. Había que estar en tiempo y espacio, en el sitio indicado, forjarla con preguntas o averiguaciones y estar listo para defenderla después frente a cualquier desmentida que eventualmente surgiera para debilitarla. La Argentina de los años `70 no justifica ninguna comparación con el presente. No tendría sentido trazar un paralelo, pero aún así, fue una década en la que muchos jóvenes se atrevieron a estudiar periodismo. Nada que ver con el presente que vivimos. Con soldados exigiendo documentos en cada esquina y activistas poniendo bombas, tomar un micrófono y firmar una nota era, literalmente, un desafío para valientes, por el simple hecho de aspirar a oficiar como nexo entre la realidad y el público. Contando, narrando las novedades positivas y también las que podían llegar a poner en jaque a los que intimidaban afirmando tener las armas para instalar el silencio. El ejercito en las calles, los temibles Ford Falcon verdes, las madres buscando a sus hijos,  el 6 a 0 a Perú y muchas, otras cosas más… Sí, la argentinidad al palo, como cantaba la Bersuit Vergarabat. 
 
 
Los ochenta. Esa tanda floreció y empezó a participar activamente del mundo de los medios con el desembarco de los `80. La bienvenida se las dio una coyuntura político-social en pleno reacomodamiento, con el gobierno militar debilitado y el clamor popular por un llamado a elecciones que condujera hacia la implementación del sistema democrático. Con la Selección Argentina de César Luis Menotti ya eliminada del Mundial de España 1982, el foco de la atención del pueblo se direccionaba al trapaso del mando, pues la figura de Raúl Alfonsín y el apoyo de diferentes espacios ideológicos invitaba a soñar con un adiós definitivo a los hombres de las “botas”. Progresivamente, se iba enterrando un período oscuro en nuestro país y el anhelo de las masas comenzaba a hacerse realidad. Una década que desde su apertura les brindó a los nuevos periodistas la chance de dar sus primeros pasos en la profesión en un contexto histórico y apasionante, desde ya, para los que llegaban convencidos de optimizar la calidad y retocar el estilo de la comunicación tradicional.
 
 
Ya no había tantas ataduras verbales y la libertad de expresión, lentamente, dejaba de representar una quimera. Con el correr de los años y el fantasma de la dictadura ahuyentado definitivamente una presidencia piramidal que fluía con la bandera del radicalismo ortodoxo, el rol de los medios recobró trascendencia. Opinar sin condicionamientos ya no implicaba recibir amenazas o que una amenaza con letras recortadas de un diario se obligue al exilio. 
 
 
El inicio. Como en el 99 por ciento de los empleos, curtirse contempla respetar ciertos lineamientos. En lo concerniente a la prensa se produce una suerte de paradoja, ya que a la luz de los ojos la televisión siempre ha sido el género más prestigioso por su alcance y por la popularidad que otorga. No obstante, el camino bien señalizado sugerirá ir adquiriendo experiencia en la gráfica y, si está al alcance, ir mechando con radio para perfeccionar la locuacidad. Respetar esas experiencias ayudará a afrontar un examen en televisión con una base de preparación sólida y útil para salir airoso de un estudio. Obviamente, apretar teclas desde la comodidad de una redacción o hablar en las puertas de un vestuario de fútbol para los oyentes radiales no tiene comparación con pararse frente a una cámara. Las imperfecciones se notan menos y los recursos para salvarlas en la marcha son muchos más. Desempeñarse en un espacio televisivo no constituye un mero papel individual.
 
 
Hay otra complejidad: productores, iluminadores, sonidistas y maquilladores, camarógrafos, entre otros, aportan lo suyo para que al periodista no le falte nada. Y ni hablar de las repercusiones, pues si bien en la actualidad abruman las vías de comunicación y la TV ya no es dueña de una posición dominante absoluta, en los 80, para la porción más numerosa de la masa de audiencia, sentarse a ver la novela o el informativo en blanco y negro –afortunados aquellos que ya tenían la que era “a color…”– era un ritual sagrado. Por ende, su mensaje era interpretado casi como un predicamento y un error conceptual o una conducta dubitativa en una editorial individual o en la presentación de un informe, en vivo por supuesto, podía llegar a mostrar la salida. Probablemente no a toda la generación periodística que germinó en ese entonces se les hayan abierto las puertas que se necesitan para ir construyendo su carrera quemando correctamente las etapas. La disparidad de la suerte también juega y quizás a solamente a unos pocos los dejó cumplir su sueño de abrirse paso en un ambiente tan complicado, accediendo a esa especie de cima periodística que es para muchos la pantalla chica. Seguramente por un guiño del destino y, comprobadamente, por el recorrido que registra en los últimos treinta y pico de años, Jorge Rial es, sin temor a equivocarnos, un símbolo de esa camada.
 
 
En todo sentido. Se podrá coincidir o no con sus apreciaciones, ya que al tratarse de uno de los referentes con mayor peso a la hora de opinar, es lógico que sus dichos dividan las aguas. Pero que quede claro: antes de acomodarse en el sillón de Intrusos para batir récords de audiencia y en materia de continuidad en el aire –este año va por su temporada número 19–, forjó su camino a fuerza de compromiso informativo y enriquecimiento intelectual, incorporando conocimientos como mandan los manuales de la profesión. El potencial que exhibió en la prensa gráfica al volcar sobre sus páginas los datos recabados acerca de un determinado acontecimiento o sus reflexiones con respecto a temas candentes lo diferenciaron del resto mayoritario. Su calidad de escritura fue, precisamente, la que obró como estímulo para empujarlo a trazarse metas laborales cada vez más altas y exigentes. Su espíritu pujante y sus constantes ganas de seguir evolucionando, más su pasión por la lectura, son características que lo destacaron desde su niñez y conformaron un combo de virtudes que lo encaminaron hacia las mieles del éxito. 
 
 
Su gran pasión. Ya en la escuela secundaria Rial evidenciaba su profundo anhelo de, en un futuro, ser periodista. Mientras sus compañeros respondían con profesiones más “convencionales” ante la clásica pregunta sobré “qué les gustaría ser cuando sean grandes”, la contestación de Rial jamás cambió. El conductor no perdió tiempo y en la adolescencia, y en conjunto con algunos de sus compañeros, creó un periódico estudiantil.
 
 
Entusiasta, seguramente Rial no imaginó que esa iniciativa puesta en marcha por él y otros alumnos actuaría como punto de partida hacia una trayectoria extensa y altamente exitosa, que terminó premiando su perseverancia, su instrucción académica y su rebeldía para demostrar que provenir de una familia adinerada no era un requisito excluyente para llegar lejos. Pese a liderar todo lo relacionado al mundo de los chimentos, Rial es uno de los pocos periodistas avalados por el público para ser escuchado, independientemente de la temática a abordar. O sea, así como diariamente revela escándalos en la farándula con lujos de detalles, puede desmenuzar una cadena nacional o entrevistar a un presidente de la nación, como ya ha sucedido con Cristina Fernández de Kirchner. 
 
 
Las raíces. No es tan largo el viaje que se debe efectuar para unir la ciudad de Buenos Aires con Munro. Aunque Rial nació en el barrio porteño de Belgrano –el 16 de octubre de 1961–, su familia decidió mudarse a la mencionada localidad de la zona norte de la provincia de Buenos Aires, cuando él aún era muy chico. Sus padres, Ramón y Victoria, se instalaron en una vivienda situada en el cruce de las calles Alvear e Italia, donde abrieron un almacén. La casa familiar era de dimensiones chicas y el comercio tuvo que ser montado ocupando un sector que, a la vez, era utilizado como dormitorio para Jorge. Tras bajar la persiana, su madre lo acostaba sobre una cama plegable y allí dormía el periodista, aunque solamente hasta las 6 de la mañana, cuando, sobresaltado por los ruidos de los proveedores que traían mercaderías al comercio, debía interrumpir su sueño o prolongarlo en otro lugar. Munro está delimitado por la Panamericana, cerquita de su intersección con la avenida General Paz y en la jurisdicción del partido de Vicente López.
 
 
En sus calles, Rial transitó su infancia y su adolescencia. Saliendo de su casa a cada rato para jugar a la pelota con amigos. La calle era su vía de escape. En el resto de los niños del lugar hallaba la contención y los momentos de recreación que le servían para oxigenarse y descargar energías. Los que llegaron a conocerlo en su infancia comentan que Rial se ha caracterizado, al menos en el barrio, por su proclividad a la integración. Según cuentan, era muy “amiguero” y sociable. También señalan que solía cambiar de novias bastante seguido y que justamente estas virtudes eran las que llamaban la atención de las chicas de su edad. Su paso por la escuela secundaria tuvo otras connotaciones. Opuestas a lo que diariamente sucedía en la esquina con su círculo amistoso más allegado. Realizando un gran esfuerzo, sus padres optaron por inscribirlo en el colegio La Salle, tal vez el más prestigioso de la zona en ese momento. Ramón y Victoria consideraron que la educación privada era lo que Jorge estaba necesitando para poder exprimir el potencial innato que dejaba al descubierto en sus comentarios, en sus redacciones y en la comprensión de textos. Para Jorge no fue algo sencillo adaptarse a su nuevo hábitat.
 
 
En el La Salle comenzó a palpar la exclusión, ya que sus compañeros provenían de clases altas y se lo hacían sentir a cada instante: en el kiosco, en el micro de la excursión o en la clase de educación física. Jorge venía formateado con otros valores y principios, lejos de la ostentación, pero no le quedaba otra que adaptarse para alivianar la convivencia. El aprendizaje que había mamado en la calle y en su casa no guardaba ninguna relación con los lineamientos de sus compañeros, casi todos criados con la heladera llena, las bicicletas más modernas y las zapatillas más caras. Un contexto que Jorge no conseguía compatibilizar con su ADN de barrio, donde se pateaba la pelota todo el día, se jugaba al “ring raje” y las diferencias insalvables se arreglaban “mano a mano” y sobre el pavimento. Su carácter y rechazo a la opulencia lo llevaron a protagonizar roces con sus pares en reiteradas oportunidades, pero por otro lado, forzado por el sistema, aceptó las reglas del juego. Tuvo que amoldarse, teniendo en cuenta que además sus padres estaban ajustando su economía en su afán de verlo como alumno en una institución de exigencia pedagógica y alta reputación. 
 
 
La relación con sus padres. La determinación de enviarlo a un colegio tan costoso fue algo que Ramón y Victoria no dudaron un solo instante. Ellos consideraron que anotarlo en el La Salle garantizaba una enseñanza superadora y un “pulido” en el comportamiento de Jorge, que si bien no era un jovencito de generar problemas, pasaba gran parte del día en la calle. Una mayor carga horaria motorizada por la tarea y la concurrencia a clases era visto por ellos como un buen anticuerpo, temiendo que fuera del hogar, y en compañía de tantos amigos, Jorge tomara por el mal camino. Miedos lógicos e imprescriptibles, más aún en épocas en las que no existían celulares y estar al tanto de los desplazamientos de un hijo dependía exclusivamente de la confianza en la palabra. Tal vez allí radique una de las particularidades del vínculo cotidiano de Rial con sus padres: el diálogo no era permanente, aunque no por el desinterés o la falta de voluntad.
 
 
Ramón y Victoria debían invertir su tiempo en el trabajo para pagarle los estudios y sostener los costos del hogar. Jorge no tenía hermanos y encontraba en sus amigos a los socios ideales para intercambiar ideas, charlar de fútbol (principalmente de River) o de temas propios de la edad. La imposibilidad de compartir charlas por razones de fuerza mayor privó a Jorge de escuchar con profundidad los consejos de Ramón. Eso hizo que la relación padre-hijo fuera afectuosa pero a la vez algo fría, condicionada por los horarios, dado que prácticamente, entre las obligaciones de Rial en el colegio y la actividad de Ramón –ya no tenían el almacén– fuera de casa, casi no se veían durante el día. Las travesuras de Jorge en su niñez o las macanas en su adolescencia no pasaban desapercibidas para Victoria. Típica ama de casa, pasional y vehemente, en más de una ocasión la madre de Jorge tuvo que apelar a un “chirlo” para que su hijo corrigiera su comportamiento. No era de hablar mucho y Victoria hacía valer su autoridad sin ningún filtro cuando interpretaba que las palabras estaban demás y que correspondía, directamente, agarrar la ojota. 
 
 
Sus primeros trabajos. Lo más común en el imaginario colectivo del público es creer que todo aquel que hoy está al frente de un programa que el rating acompaña o cuya figura goza de un alto grado de popularidad, nació en cuna de oro o se dedicó siempre a lo mismo. “Los sacás de la televisión y no saben hacer otra cosa”, es la conclusión, un tanto apresurada y subjetiva, que se oye a menudo. Parte del prejuzgamiento que nos distingue a los argentinos de otras culturas, más mesuradas, en el campo de las elucubraciones. Los ejemplos, reales y tangibles, certifican lo contrario. Habría que revisar caso por caso pero al menos en las figuras más destacadas del periodismo, existen antecedentes que no avalan para nada esa teoría. Yendo estrictamente al punto de Rial, antes de incursionar en el periodismo y disfrutar los privilegios de la profesión –un teléfono, una máquina de escribir, choferes que te llevan y te traen etc.– tuvo que transpirar la camiseta.
 
 
Al depender de una remuneración para sostener su carrera, Rial fue multifacético: le dio una mano a su papá en los bares que Ramón había puesto en Liniers y en Pompeya, repartió sifones para el sodero del barrio y se animó a diversas changas. A Rial, como puede apreciarse, no le sobró nada. Cada uno de sus logros se vio precedido por la impronta y el legado de sus padres, que todo lo basaron arremetiendo y sorteando los obstáculos de la pobreza. El destino le tenía lista una buena noticia –sí, una buena “noticia”– a Jorge, para alimentar sus ilusiones de poder trasladar su caudal de conocimientos a las teclas. No hablamos únicamente de lo que aprendió en un pupitre. También de lo que le dejó “la universidad de la calle”, donde los manuales son invisibles y las materias se rinden a toda hora y en todo lugar. Quizás ésta haya sido la combinación más fructífera, pues por una parte lo abasteció de un volumen académico elemental para progresar intelectualmente y, simultáneamente, le enseñó a valorar cada logro por haberse criado en un ambiente con limitaciones monetarias y con los eternos malabares que los adultos debían hacer para llegar a fin de mes. Ese “click” madurativo de Jorge propició una cercanía con su papá, quien aprovechaba un rato por las noches para esperar en la estación de Munro a su hijo, que volvía muy tarde de la redacción del diario Popular, el primer medio nacional que le dio la oportunidad. Desde allí retornaban juntos a casa, charlando y cuidándose mutuamente de cualquier peligro. Jorge ya estaba probando las mieles de la profesión. Concretar el sueño que lo desveló desde su niñez ya no parecía algo tan lejano.  
 
 
Un diamante en bruto. Con el diario del lunes todo es más sencillo, pero está claro que aquella persona que le abrió las puertas a Jorge en el mencionado medio gráfico y le otorgó la chance de desplegar su potencial, dio en el blanco. Dimensionar con precisión un desafío de estas características es exclusiva facultad de los que en cierto momento lo vivieron, pues para un periodista en formación -con antecedentes previos pero en medios zonales, de segunda o tercera línea-, ser convocado a una prueba a un matutino con llegada a toda la Argentina, es casi como verse ante el ofrecimiento de jugar en primera. Esa sensación fue la que percibió Jorge y desde luego no la desaprovechó. Fue su gran chance de trasladar a un teclado todo su pasado: su rebeldía, sus carencias, sus experiencias en la calle, sus vivencias en un colegio “de ricos”, sus deseos de vivir del periodismo, su pasión por la lectura y su labor como alumno en el Instituto Grafotécnico. En fin, sus conocimientos generales. No se guardó nada, consciente de estar frente a un acontecimiento capaz de producir un quiebre en su vida y premiar tanta transpiración en la camiseta.
 
 
Desde aquella tarde en la que se atrevió a llamar a la casa del mismísimo Jorge Luis Borges para entrevistarlo –haciéndose pasar por otra persona y tras varios intentos fallidos– que Rial no sentía una adrenalina similar. De manera paralela a sus estudios, Jorge fue demostrando su interés por la política y a través del centro de estudiantes de sumó al recordado Partido Intransigente (PI), que apuntaba a competir en las elecciones de 1983, que consagraron como presidente a Alfonsín. Esto, sumado a que los responsables de las distintas secciones del diario descubrieron en él a un periodista multifacético, motivó a sus superiores a hacerle un lugar en casi todos los sectores: política, policiales, gremiales, religión… Rial provenía de la revista Vivir, y más allá de ser aún bastante joven estaba a la altura de las circunstancias. Ser multifacético y laboralmente ambicioso facilitó su avance. Principalmente por no ponerse un techo, aunque también por los vínculos que había fomentado y por las recomendaciones de terceros.
 
 
A la tele. Todo lo que había incorporado Rial desde sus inicios, con posteriores experiencias en la agencia de noticias estatal Télam y en el diario La Razón, motivaron a productores televisivos y a conductores ya afianzados en la pantalla chica a poner sus ojos en él. Fue mediante su incorporación al diario Crónica donde Rial consiguió entrar al mundo de la TV, porque si bien fue contratado para dar una mano en la confección de la contratapa, la persona que lo llamó fue “Lucho” Avilés, que por entonces se encargaba del área comercial de la edición vespertina. Al margen de haberse visto agraciado por pasar a ser parte del diario que compraba religiosamente desde chico, Jorge se cruzó con la incomparable oportunidad de quedar como responsable de un área tan leída. Y aunque él confesaba que el rubro del espectáculo era algo desconocido en su carrera, “la plata que me ofrecían era muy buena y me mandé”, de acuerdo a lo que él mismo admitió.
 
 
Fue entonces que aceptó el reto y empezó a escribir sobre chimentos y otros temas relacionados a la farándula. Creyó que sería algo temporal, seguramente sin imaginar que terminaría encarrilando su trayectoria definitivamente en el mundo del show. En 1987, Héctor Ricardo García compró el ex Canal 2 y lo rebautizó Teledós. Llevó numerosas figuras, y un año más tarde puso en el aire un programa titulado “Astros y Estrellas”, conducido por Lucho Avilés. Eso es precisamente lo que explica nuestra aseveración, cuando decimos que Jorge mató dos pájaros de un tiro al ingresar a Crónica: le “dieron” la contratapa y a la vez hizo buenas migas con “Lucho”, quien no sólo lo sumó al nuevo espacio de Teledós, sino que además lo llevó con él a Indiscreciones, en Telefe. En el recordado espacio chimentero, Rial le dio forma a su primera experiencia como cronista, en 1990, alternando sus informes de la noche porteña con comentarios y aportes en el piso. Indiscreciones saltó a Canal 9, y la facilidad que Rial demostraba diariamente para desenvolverse ante las cámaras invitaba a vislumbrar un futuro como conductor. Dicen que esto fue lo que generó ciertas fricciones entre él y Avilés, que era el animador del programa. En este contexto profesional Jorge conoció a Silvia D`Auro, por entonces una joven jefa de prensa, que se convertiría con el paso de los años en su esposa y en la madre de sus dos hijas, Morena y Rocío. En 1993, Jorge, que ya estaba desvinculado de Crónica y de Indiscreciones, encabeza El Periscopio, junto a Andrea Frigerio, en el canal de las pelotitas.
 
 
Fue un lapso después de que se diera el lujo de participar de la película Exterminator IV: como hermanos gemelos. Dado el buen nivel de rating que construyeron, la emisora les propone debutar con El Paparazzi, con la misma esencia chimentera. Iba de lunes a viernes a las 17, con un promedio de 11 puntos de rating. Supuestos roces con Susana Giménez, la estrella del canal, por celos u otros motivos internos, hicieron que el programa fuera levantado. Haber sido participe del programa chimentero impulsó en Jorge el proyecto de escribir un libro, algo que efectivizó en 1995, cuando editó Polvo de estrellas. El contenido literario de la obra fue tan polémico como el título, ya que hablaba, entre otras cosas, de los vicios de la nocturnidad. Esto, se comentó ocasionalmente, le valió que dos desconocidos lo interceptaran una noche y le rompieran el tabique nasal, presuntamente por haberse visto involucrados en uno de los párrafos. Radio Libertad lo incorporó como una de sus figuras en 1996, dándole paso a El Paparazzi versión radial. El dueño de la empresa era Alejandro Romay, que luego lo agregaría a la grilla de Canal 9 (también de su propiedad) con El Paparazzi, increíble pero Rial. En su meteórico progreso, Jorge, estando desempleado por el abrupto final de su último programa televisivo, no se achicó y publicó su segundo libro: Su vida, pasiones y lágrimas de una diva, en el que contaba detalles desconocidos y un recorrido por la carrera y la intimidad de Susana. Más allá del sabor profesional que provoca una obra literaria, económicamente no fue su mejor etapa. 
 
 
A la caza del éxito. Luego de que su contrato en Radio Libertad no fuera renovado, despojado de una fuente laboral estable y tras un breve período en Página 12, Jorge acepta la proposición de Jorge Lanata para trabajar en la revista Veintiuno –luego Veintitrés–. Los enfrentaban posturas ideológicas pero se acomodaron. Haber desnudado los negociados del 0600 del Padre Luis Grassi posicionó a Rial otra vez en el ruedo, por haber puesto en ojos de la opinión pública los vínculos ilegales entre un representante de la Iglesia, la política y miembros de la farándula. Daniel Hadad, poderoso empresario de los medios ya en esa época, la realizó una jugosa oferta: conducir Radio Paparazzi, por Radio 10, los sábados y los domingos de 10 a 13. Al enterarse Hadad de que Rial planeaba irse del país debido a una posibilidad de trabajo propuesta por Antonio Gasalla, redobló la apuesta y le pidió a Jorge que se quedara con él y le prometió que le pagaría lo mismo que el capocómico: alrededor de 5000 dólares mensuales. Así, El Paparazzi incrementó su tiempo en el aire: pasó a estar de lunes a viernes de 12 a 15.
 
 
Tras haberse sentido censurado en televisión, Rial retornó y su primera aparición tras el “exilio” fue en La Noche de Moria, participando como moderador, por la señal de América TV. Desde New York, el máximo jerarca del Canal estaba siguiendo las imágenes y ordenó, telefónicamente, contratarlo para sumarlo a la grilla. El ciclo Paf! fue su bandera para retornar, el 1ro de noviembre de 1999. Un programa con un lineamiento que marcó el inicio de un formato que más tarde copiarían Indomables o Duro de Domar. El 18 de diciembre de 2000, debutó en radio La Red con un programa denominado Fiebre de radio, basado en información de interés general. Al comprar Carlos Avila el 80 por ciento del paquete accionario de América TV, Rial presentó un proyecto para desmenuzar el espectáculo pero no con prensa “rosa” como él llamaba a los “tibios”. Con el guiño del mandamás del canal, Rial arrancó con el que sería el símbolo de su carrera y el programa más exitoso en materia de chimentos: Intrusos en el espectáculo. La gente podía verlo de lunes a viernes de 14 a 16 y lo acompañaban, como panelistas, Luis Ventura, Viviana Canosa, Analía Franchín, Marcela Coronel, Sergio Company, Camilo García y Claudio Orellano. Tras 18 temporadas, Jorge anunció que posiblemente el próximo año se aleje de su “criatura” y dé un paso al costado para dedicarse a su familia, teniendo en cuenta que dentro de poco recibirá a su primer nieto. En forma simultánea a Intrusos, a Rial le fue muy bien con Ciudad Goti-K por La Red, desmembrando periodísticamente la actualidad del país desde sus diversas miradas. 
 
 
Pasado y presente. Una vida que le enseñó desde muy pequeño a valorar cada uno de los pasos que se dan hacia delante. De repartir sifones de soda, de recibir las palizas de su madre cuando cometía alguna travesura y de escribir un periódico colegial, Jorge obtuvo un reconocimiento del destino. Un premio que lo recompensó por conservar su esencia y jamás olvidarse de sus raíces. Pasó por diarios de alcance nacional en etapas de la Argentina en la que los matutinos representaban, junto a la TV y la radio, la vía informativa más económica y buscada; fue “actor” en una película taquillera a inicios de los 90 y superó situaciones traumáticas para cualquier trabajador como el desempleo. Pero por sobre todas las cosas, consiguió concretar esa meta que se trazaba cada vez que se acostaba a dormir en la cama plegable que Victoria le abría cada noche en el interior del almacén familiar: recibirse de periodista. Triunfar como periodista. Sintiéndose capacitado y preparado para hablar o escribir de cualquier tema candente, aunque, claro está, hallando la clave del éxito de la mano del espectáculo. Contando lo que muchos preferían callar. Revelando escándalos y situaciones que la mayoría de sus colegas optaban por guardar en su más profundo silencio. Todos episodios, obviamente, producto del día a día en el ámbito del show, que en vivo y en directo tiene su cuna en la Avenida Corrientes. Distinta a otras.
 
 
Mundialmente conocida por sus marquesinas, por sus confiterías y por sus múltiples atracciones. Difundidas, por supuesto, a través de la prensa. Con voces especializadas que desmenuzan la crítica de lo que se ve. Para Rial, al público le interesaba otra cosa. Su desembarco en el espectáculo cambió el paradigma y fue en consonancia con el cambio cultural del espectador, que empezó a reclamar “data” sobre lo que ocurre entre bambalinas. Jorge forjó su trayectoria en función de eso: de darle a la gente, lo que realmente pretende saber. Ese, evidentemente, fue su gran acierto. 
 
Susana Giménez
Marcelo Tinelli
Moria Casán

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