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¡Deprimido!

Daniel Casalnovo y un duro momento personal: "Me voy del país para ver si..."

Julio 2019

El diseñador habla del drama familiar que vive hace diez años. Tres de sus hijos no le hablan ni lo ven. Tampoco tiene contacto con sus tres nietos. Tocó fondo, quiso matarse y el dolor suele superarlo a diario.

Destacado empresario del mundo de la moda masculina de etiqueta, detrás de los años de éxito, Daniel Casalnovo (56) guarda una profunda tristeza. Tiene cuatro hijos y tres nietos, y sólo se ve con una de ellas. Resignado, quiere irse lejos para enterrar el dolor de la difícil historia familiar. “Empecé hace 22 años, cuando vine de España. Aprendí esto de la mano de un grande, y aquí trabajé con uno muy conocido, Tito, de Matices, al que aprecio mucho. Después me abrí y logré que mi marca se haga conocida. Mi objetivo era que mis hijos tuviesen una buena educación, que tuviesen un buen padre, y para eso necesitaba dinero. No me alcanzaba para eso trabajando de empleado y me fui a La Salada. Tenía cuatro puestos ahí y dos en el Mercado Central. Me levantaba a las tres de la mañana, así estuve siete años. Y gracias a eso hice todo lo que hice. Pagué colegios privados, compré una casa divina en Caballito, de tres pisos, más una casa en la Costa, con mi esposa y cuatro hijos éramos una familia feliz… Cuando se puso heavy La Salada, les daba un beso a mis hijos y no sabía si volvía. Pero al hacer un dinero, me puse mi primer local a la calle, en Callao y Santa Fe, y ahí empezaron a elegirme los famosos para vestirse, a los que les daba canje porque venía de un lugar donde nadie me conocía. Mi vida está buena, laboralmente hablando…”, describió el diseñador.

 

–Cosechaste y sembraste éxito, ¿sos un hombre feliz? 

–¡No soy feliz! Cuando me empezaron a llamar del mundo de la televisión, mi familia se desvaneció. Mi separación fue muy fea. La fama un poco también te cambia, lo reconozco. Quizá yo no era el mismo de antes, pasé a tener una vida muy social. Antes, terminaba de trabajar y me iba a casa con mi mujer y mis hijos, y ahí era el mejor papá porque estaba con los chicos y todos sus amigos. Jugaba con ellos, los llevaba de vacaciones con todos sus amigos, les preparaba una jarra loca. Fui muy buen padre pero la exposición no les gustó a mi ex mujer ni a mis hijos, que me reconozcan en la casa o me pidan una foto, no gustaba. Ibamos a cenar y los chicos me decían que no salude, que no me levante para saludar y empezó a chocar la madre de ellos conmigo. Después fui a cenar con una empresaria muy conocida, me hicieron una cámara oculta, se dijo que era pareja mía y mi ex mujer grabó todo y lo llevó a la Justicia. Me acuerdo de que me echó un 31 de diciembre por una infidelidad que no existió. Mis cuatro hijos, que estaban mal llevados por la mamá, me dijeron que me fuera. Me fui sin ropa porque hubo una discusión muy fea. 

 

–¿Y qué pasó después?

–Esto fue hace diez años. Llamé a Cacho Castaña y me fui a charlar con ellos. Esa noche de fiesta la pasé en un restaurante, con un grupo de gente desconocida que me llamó de una mesa. A la medianoche me fui y lloré mucho. A partir de ese día me deprimí mucho. Fue un antes y un después. Del amor de mi vida, mi ex mujer pasó a ser mi peor enemiga. No iba a trabajar, tomaba pastillas para dormir, no quería vivir, no comía… La pasé tan mal que tuve intenciones de suicidarme. Por las noches, salía porque me venían a buscar Hernán Caire y Hernán Ranieri, que me sacaban, literalmente, de la cama, y me llevaban a Esperanto. Yo publicaba todo en Facebook, mi pelo loco, que me quería hacer el pendejo, para olvidar todo lo mal que estaba. Eso a mis hijos les cayó pésimo, quiero suponer, porque nunca quisieron tener una conversación conmigo. Tampoco la busqué porque tampoco me lo merezco. La balanza existe en la vida y creo que, si fui un buen padre, no hay que dejarse llevar por lo que digan. Nunca me vieron drogándome ni haciendo nada raro como para que me dejen de lado. El tiempo que perdés no lo recuperás más. 

 

–¿Cuántas veces pensaste en quitarte la vida? ¿Qué te frenó?

–Dos veces… En una me salvó una presencia que tenía que hacer… si no me mataba con pastillas. 


La charla se interrumpe por unos minutos, Daniel es un mar de lágrimas. 

 

–¿Y cómo seguiste adelante?

–Recapacité mucho hablando con una amiga del alma, porque fui a tres psicólogos y ninguno pudo darme una mano. Yo no quiero que me lloren en el cajón. Mi velorio ya lo tengo programado porque, en la vida, hay que tener todo organizado. Tengo la parcela en el cementerio privado y lo mío va a ser a cajón cerrado y con música. Y tengo listas… y muchos se van a llevar sorpresas. Tengo claro lo que sufrí. De muerto no me vengas a llorar si de vivo no me aprovechaste. Perdí mi familia, me quedé solo. Hoy sólo me habla la más chica. Mis vacíos son llenados con mis amigos. Me quedó un trauma, que es el de no comer solo. Los domingos me programo las cenas de todos los días, es un gran solos y solas en Puerto Madero, donde vivo. No importa la condición sexual de cada uno, no me considero nada, sólo un ser humano que no está en pareja con nadie. Me siento pésimamente solo. En las redes me escriben hombres y mujeres sarpadamente, no bien. Yo quiero ser feliz, volver a estar en pareja, ya no me importa si es con una mujer o con un hombre. Tengo una vida social, no voy a dejar nada, quiero que me quieran como soy. Por eso pensé en irme del país en noviembre. Tengo todo proyectado porque acá no pierdo nada, más allá de mi nombre, que me costó tanto lograrlo. Voy a probar en España y acá dejo mi local armado, con mi mamá a cargo. De acá me voy a ver si mis hijos se dan cuenta de que tienen un padre. Siento su ausencia y pienso que a kilómetros de distancia los voy a extrañar menos. Le pido a Dios que los haga recapacitar. 

 

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