El ídolo de Boca que terminó preso y en la ruina

La Bombonera gritaba sus goles, pero terminó preso y en la ruina: el oscuro presente de un ídolo de Boca

La Bombonera. (AP Photo)
Lo tenía todo, se quedó sin nada. Esta es la triste historia de un gran futbolista que desperdició su vida.
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Hubo un tiempo en que su figura era sinónimo de desborde, goles y ovaciones. Y su apellido, coreado en la Bombonera cada domingo. En los 80, cuando todavía existían los viejos punteros pegados a la línea, Jorge Alberto Comas era una de las grandes estrellas del fútbol argentino. Hábil, veloz y con una zurda peligrosa, Comitas —como lo conocían todos— brillaba en Boca y, más importante aún, se convertía en ídolo en una de las etapas más difíciles del club. Años después su historia tomaría un rumbo muy distinto, con excesos, denuncias y una condena que lo llevó a la cárcel en México.

Nacido el 9 de junio de 1960 en Paraná, Entre Ríos, Comas creció en un contexto humilde. En una infancia repleta de carencias, dejó la escuela en cuarto grado y comenzó a trabajar muy joven para ayudar en su casa: fue verdulero, panadero y albañil. El fútbol aparecía como un escape en medio de esas changas. Aquel niño jugaba en los potreros de su barrio hasta que su talento empezó a llamar la atención. Fue su propio padre quien, al notar que el chico tenía condiciones especiales, le dijo una frase que marcaría su vida: "M'hijo, no trabaje más y vaya a jugar al fútbol".

Al poco tiempo Jorge comenzó a destacarse en equipos de su ciudad y terminó dando el salto al profesionalismo. Su primer gran escenario fue Colón de Santa Fe: allí debutó en Primera División. Incluso marcó un recordado gol ante River, que era dirigido por el histórico Ángel Labruna y tenía en el arco a Ubaldo El Pato Fillol. Ese tanto parecía anticipar que la carrera de Comitas sería especial.

Su nivel en Colón llamó la atención de Vélez, que lo incorporó a comienzos de los años 80. En el Fortín terminó de explotar. Su velocidad por la banda izquierda, su capacidad para encarar y su facilidad para vencer a los arqueros rivales lo transformaron en una de las figuras del campeonato. En el Nacional de 1985 llegó a consagrarse goleador del torneo, siendo compañero de un delantero ya veterano pero todavía letal: un tal Carlos Bianchi.

Jorge Comas, en la tapa de El Gráfico.
Jorge Comas, en la tapa de El Gráfico.

Ese rendimiento hizo que varios clubes pusieran los ojos en él. Estuvo cerca de emigrar a Italia. El Lecce mostró interés y envió a un dirigente para cerrar el pase. La negociación estaba encaminada, pero una curiosa condición terminó frustrándolo todo: el club pretendía que Comas se cortara el pelo. El delantero aceptó ir a la peluquería, pero al momento de firmar el contrato el directivo descubrió que el jugador no había cumplido con su promesa: Comas había escondido bajo la camisa su característica melena. En medio de los insultos del dirigente italiano, la pase se cayó.

Entonces, el destino lo llevó a Boca. En 1986 Jorge Comas se convirtió en refuerzo del club de la Ribera y rápidamente se ganó el cariño de los hinchas gracias a su sacrificio y su capacidad goleadora: 63 tantos en 127 partidos. En tiempos de crisis institucional y deportiva, y pese a que no logró ningún título, Comas se convirtió en uno de los jugadores que lograron mantener viva la conexión entre el equipo y su gente. Mística, que le dicen.

A fines de los años 80 su carrera tomó un nuevo rumbo. El delantero emigró a México para jugar en el Veracruz, conocido popularmente como los Tiburones Rojos. Lo que parecía un paso más en su carrera terminó convirtiéndose en una etapa legendaria. En Veracruz no solo rindió dentro de la cancha: se transformó en un verdadero fenómeno social.

Comas fue goleador del campeonato en la temporada 1989/90 y su popularidad explotó. Multitudes de hinchas iban a los entrenamientos, los estadios se llenaban y los fanáticos imitaban su corte de pelo. En la ciudad hablaban de La Tiburomanía, una especie de fiebre futbolera que tenía al argentino como máximo protagonista.

Jorge Comas, en Veracruz.
Jorge Comas, en Veracruz.

Una anécdota refleja bien la mezcla de talento e indisciplina que lo caracterizaba. En la previa de un partido ante Puebla, Comas no apareció a entrenar durante toda la semana. En esos días, en la ciudad lo vieron más de noche que de día. Recién se sumó a la concentración horas antes del encuentro y, con total seguridad, les dijo a sus compañeros que iba a convertir tres goles. El partido terminó 4 a 0 para Veracruz… y el entrerriano marcó un hat-trick.

EL OCASO DE JORGE COMAS

Pero mientras crecía su idolatría también empezaban a hacerse visibles algunos problemas personales: excesos, noches largas y episodios de indisciplina. Según quienes lo conocieron en esa etapa, el alcohol y el desorden empezaron a ganar terreno en su vida.

En 1994 se produjo el final de su ciclo en Veracruz, en medio de conflictos con el entrenador y algunos compañeros. Poco después regresó a Argentina con la ilusión de retirarse en Colón y ayudar al club a volver a Primera División. El intento duró muy poco. En su primer partido comprendió que su físico ya no respondía como antes. Aquella tarde sería su última vez como futbolista profesional.

Tras el retiro volvió a instalarse en Veracruz, la ciudad donde había sido un ídolo. Sin el fútbol como sostén, su vida comenzó a desordenarse cada vez más. Se separó de su familia, tuvo dificultades para mantener trabajos estables y empezó a depender de la ayuda de conocidos y vecinos que todavía lo recordaban con cariño. Dormía en casas prestadas y sobrevivía con pequeñas ayudas económicas.

En 2012 volvió a aparecer en las noticias: fue detenido tras protagonizar una pelea en un bar. En 2016 ocurrió un episodio similar en un restaurante. Aquellos incidentes anticipaban un problema mayor que estallaría tiempo después. El hecho más grave ocurrió en junio de 2021. Tres vecinas lo denunciaron por agresiones y amenazas en el barrio donde vivía. La Justicia ordenó su detención y lo imputó por violencia de género. El exdelantero fue enviado a prisión preventiva mientras avanzaba el proceso judicial.

La historia tuvo un desenlace todavía más duro: Comas fue condenado a cinco años de prisión y trasladado a un penal de mediana seguridad. Así, el futbolista que había sido ovacionado por multitudes terminaba en la penumbra de una celda, muy lejos de las tardes de gloria que lo habían convertido en ídolo.

Jorge Comas, a días de salir de la cárcel.
Jorge Comas, a días de salir de la cárcel.

Tiempo después recuperó la libertad y volvió a aparecer públicamente cuando un amigo compartió una foto con él en redes sociales. Quienes lo vieron lo notaron tranquilo, pero también desorientado, consciente de que su vida había cambiado por completo y de que ya poco quedaba de aquello que había construido en el pasado.

La historia de Jorge Comas quedó así marcada por un contraste brutal: de ídolo en las canchas a protagonista de una caída personal que lo llevó a la cárcel y a una vida llena de dificultades. Una de esas trayectorias del fútbol en las que la gloria y el derrumbe conviven en el mismo nombre. Porque si alguna vez fue el puntero izquierdo que hacía delirar a las tribunas, con los años su historia terminó convertida en una advertencia sobre lo frágil que puede ser la fama cuando se apagan las luces del estadio.

Jorge Comas hoy, en Veracruz. (Facebook Dale Tiburón)
Jorge Comas hoy, en Veracruz y a los 65 años. (Facebook Dale Tiburón)
   
 

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