Christophe Krywonis: «Decidí operarme el día que mi mamá me dijo ‘Qué gordo que estás’» – Revista Paparazzi

Christophe Krywonis: "Decidí operarme el día que mi mamá me dijo 'Qué gordo que estás'"

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Hace casi dos décadas que Christophe Krywonis (53) se instaló en el país, proveniente de su Francia natal. Destacado chef a nivel internacional, llegó a la pantalla chica –donde se luce año tras año– con sus conocimientos y su severidad. Decidido a apostar al cuidado de su salud y cambio estético, se sometió a una operación de manga gástrica y a una modificación de hábitos, con lo que lleva adelgazados 23 kilos que le cambiaron la vida.
 
 
“Pensaba tomarme cuatro meses lejos del trabajo pero van a ser seis. Tuve un pico de diabetes muy fuerte en mayo del año pasado y estaba muy incómodo, no me sentía bien. Arreglé un par de problemas, me hice análisis de sangre y descubrieron la enfermedad muy alta. Tuve que tomar decisiones y el médico me dijo que mi problema se llamaba ‘Treinta’… ¡Treinta kilos! Que bajara de peso o que la pasara bien, a sabiendas de que a los sesenta me podía agarrar un ACV, un paro cardíaco o perder la vista. Empecé a hacer un descenso de peso fuerte, se regularizaron los valores y hace rato veníamos hablando el tema de la operación, si era factible o no. Me decidí a hacerla en agosto del año pasado. Me fui al sur, a hacer la apertura de la pesca, y quince días antes de la cirugía quise empezar la dieta líquida. Los médicos me frenaron diciéndome que no había hecho nada de lo que correspondía. Que no había ido al terapeuta que me dijeron y demás cosas. Entonces, la fecha del 6 de diciembre fue pospuesta, habiendo cancelado todos mis trabajos desde octubre a enero. ¡Me quedé con una bronca! Me dijeron que quedaría para abrir, les dije que no, y entonces, que iban a ver cómo llegaba a febrero, pero que me tenía que preparar en serio”, detalló el abuelo de dos nietos. 
 
 
–¿Cómo continuó todo?
–Soy un buen alumno y hablé en mi terapia personal, con el psicólogo José Britos, en cuanto a lo que fallé. Me fui a Córdoba, a la Posada del Qenti, que es el nexo indispensable en mi vida cuando me pasan estas cosas, y ahí hice bien los deberes. Y pasó algo milagroso: bajé 9 kilos y pico en tres semanas. ¿Por qué? Porque seguí al pie de la letra lo que me decían hacer. Sólo estuve un poco vago en el deporte. Luego, sí me puse a hacer deporte y estuve mejor, lo que hizo que esté listo para hacer la dieta previa a la cirugía. Y cuando los doctores Luis Sarotto, Claudio Yaryour, Ariel Ferraro, Martín Lener y Alejandra Freire Sinagra me vieron, me dijeron que fue un antes y un después. Ahí se dieron cuenta de que estaba motivado y de que quería hacerlo. El 12 de febrero me operaron en el Sanatorio Finochietto. Hice la dieta líquida de los 15 días, que es bastante ardua pero que se puede hacer, no es el fin del mundo, y llegué bien al quirófano. 
 
–¿Cómo fue la cirugía?
–La operación que me hicieron es la manga gástrica. Produce un achique del estómago,  lo cortan y lo cosen. Según los cirujanos, no era necesario un bypass gástrico por mi vida y por mi condición física. No soy consumidor de alcohol, no fumo, no me drogo, tengo una vida normal. Fue rápida la operación, a las dos horas, después de que se me pasó el efecto de la anestesia, que a mí no me gusta, empecé a caminar. A los dos días me fui a mi casa y seguí con el descenso. Llevo 25 kilos abajo. En realidad, tengo que bajar más de 30, es decir estoy a mitad de camino. Ahora estoy más ovalado que redondo. Pero lo que más cambia no está a la vista, y es el ánimo. Ahora estoy pasando una dieta de adaptación de dos meses. 
 
–¿A qué le temías de la operación, más allá de la anestesia?
–¡A morir! A no despertarme después de la anestesia. Y a desaparecer físicamente, estar tan chupado que desaparezca de la pantalla. Son los miedos de una persona no insegura pero sí temerosa frente a una situación que desconoce. De hecho, cuando empecé a bajar de peso estuve una semana pensando en que tenía que comer, que no podía estar tan flaco. Realmente me preocupé. Hablé con una nutricionista y me dijo que me quedara tranquilo, que les pasa a todas las personas que bajan de peso. El gran desafío va a ser recuperar la masa muscular, un aspecto normal, que me va a llevar un año, supongo. Mi vida ha cambiado y tengo que adaptarme a esa vida. Antes de la operación estaba asustado y pensaba para qué iba a hacerlo si ya había bajado cerca de diez kilos en Córdoba, y después cinco o seis más. Pensaba que podía seguir bajando de esa forma, pero me conozco, sé cómo soy, y en un lapso de tiempo mínimo me voy a fiestas y me como todo de vuelta. 
 
–¿La cirugía es un paso en tu vida que habías pensado en otras ocasiones?
–Años… Tengo tres amigos que murieron por gordos, y eso pesa. Me dejé llevar por el trabajo, viví solo con la carga del peso. A mi vieja la veía una vez por año y me decía: “Ay, qué gordo que estás”. Le decía que hacía 12.000 kilómetros para verla y que lo primero que me decía es: “Hola, qué gordo que estás”.  Te choca. Algunas veces me enojé con gente en la calle. Una vez, en la farmacia, una señora me dijo que estaba gordo, de la nada, y la mandé a cag… literalmente. Y, otra vez, un tipo me acarició la panza y lo agarré… No me gusta que me jodan con eso. Una cosa que me contó un día el ex gordo Casero es que no hay ningún gordo feliz, y es así. Al que dice que es gordo y feliz no le creo nada. Preguntale a Cabito, a Alfredo Casero cómo estaban antes de operarse. Ninguno es feliz, por eso nos operamos. 
 
–¿Cómo fueron los primeros momentos en que te diste cuenta de que adelgazaste?
–Primero no me daba cuenta. Ahora sí, por la ropa. Para mí estoy gordo todavía. Sí caigo en la cuenta cuando me pongo la pulsera del reloj, y el pantalón y los sacos me quedan grandes. Quiero bajar más, no para estar hecho un palo sino porque quiero sacarme la barriga, tengo flotadores todavía, y quiero tener una vida normal. 
 
–¿Los cambios de vida que estás haciendo qué incluyen?
–Comer más sano, y además menos. Hacer deporte, que es fundamental, en cuanto cicatrice la operación. Ahora camino y, como terapia, hago pan en casa. Otro temor que tenía era el de perder el paladar, aunque parezca una ridiculez. La cabeza me cambió, me serené, soy feliz, no ansioso. Ojo, todavía, cuando veo algo que me gusta, quiero comer más. Ahora veo a las chicas lindas que pasan por la calle y tengo ganas de enamorarme. Si me pasara, no estaría nada mal. Ahora estoy bien, en paz. Por la calle la gente me saluda y me felicita por el cambio. 
 

El cocinero se cuida mucho con caminatas.

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Sue enojos en la tele fueron muy graciosos.

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¡Alta facha para el nuevo galán!

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