Cuando se estrenó la película "Demasiado joven para morir", el 26 de febrero de 1990, Walter Olmos tenía 8 años y crecía a los ponchazos en una casa llena de carencias de San Fernando Del Valle de Catamarca. Apenas una década y un puchito después, en la madrugada del 8 de septiembre de 2002, ya había sido ungido como "El Sucesor de Rodrigo" cuando llevó a la vida real el título de aquel filme protagonizado por Brad Pitt y Juliette Lewis: en un extraño suceso cubierto aún por el misterio y los interrogantes, perdió la vida por un tiro mortal que se alojó en su sien. Todavía era un pibe. Tenía 20, aunque parecían bastantes más.
La versión oficial, difundida pocas horas después del suceso que conmocionó a todo el ambiente de la música tropical (que ya venía golpeado por la fatal pérdida de Rodrigo el 24 de junio de 2000 en un accidente automovilístico en la Autopista Buenos Aires-La Plata), culpó a la única persona que no tenía chances de defenderse: el propio Walter Olmos. Para los investigadores, fue el mismo joven el que gatilló el arma mientras jugaba con sus amigos a la ruleta rusa. Sin embargo, hay quienes descreen de esa historia. Sobre todo sus familiares. O los pocos que lo querían sin intención de sacarle dinero: para ellos, la "mafia de la bailanta" pudo tener incidencia directa en la tragedia.
En la habitación de un hotel de dos estrellas del centro de la ciudad de Buenos Aires, Walter Olmos y sus amigos (y además músicos) esperaban el comienzo de otra noche atestada de presentaciones en boliches, galpones y clubes nocturnos llenos de muchachas y muchachos con ganas de escuchar cuarteto, bailar, beber frenéticamente y conocerse. Tenían tiempo libre y, según cuentan, algo aburridos ya de contarse siempre las mismas anécdotas y las mismas historias, encontraron un pasatiempo más intenso. Y también más riesgoso. Mucho más peligroso.
Nadie sabe bien por qué -se cree que porque había recibido algunas amenazas y deseaba protegerse- Walter tenía un arma de fuego. Una pistola. Cuando la agarró, algunos de sus acompañantes le dijeron que se dejara de embromar y guardara eso. Allí, o de esa forma, comienza la versión de la que descree absolutamente una parte de la familia de Olmos. Según consta en actas, Walter empuñó el revolver y de inmediato invitó a sus acompañantes a jugar a la ruleta rusa, ese "juego" que consiste en dejar una sola bala en la recámara y hacerla girar para desconocer en qué posición queda el proyectil. Sin más ni más, se apoya el caño sobre la piel y se gatilla: la suerte, la diosa fortuna o la mano de vaya a saberse quién determina si la bala sale o no. Literalmente es a vida o muerte.
LA MUERTE DE WALTER OLMOS, O LA TRAGEDIA MAS INEXPLICABLE EN EL AMBIENTE DE LA BAILANTA
Algunos -no todos- declararon que Walter Olmos les dijo que se quedaran tranquilos porque no había cargado la pistola. Que las balas estaban guardadas en otro lugar. Que no había chances de que sucediera algo. Le repitieron y le insistieron para que desistiera de la idea. Trataron de sacarlo del embole de otra madrugada igual a tantas otras, pero no tuvieron éxito. Cuando a Walter se le ponía algo en la cabeza no había manera de frenarlo. Lamentablemente.
Las paredes despintadas, una ventana a medio cerrar -o abrir- y un viejo televisor que estaba prendido pero al que nadie le llevaba el apunte y los que estaban con él fueron los únicos testigos de aquel momento aterrador. "Buuuuuum" se escuchó de golpe en aquel hotelito de San Cristóbal. Todos quedaron impávidos. Walter quedó tirado en la cama con los pies descalzos cruzados y el cuero cabelludo destrozado por la bala que se había metido allí. La "Bersa calibre 22 largo automática" que le había regalado un amigo se había accionado de manera fatal. La ruleta rusa o una mala maniobra al sacar el cargador, vaciarlo, llenarlo y volver a ponerlo. Un descuido fatal.

VANESA PASSARO, UNA MUJER CLAVE EN LA VIDA DE WALTER OLMOS
La noticia empezó a difundirse y en cuestión de minutos empezó a llegar gente al lugar de los hechos. En medio de un griterío infernal y de una confusión que crecía a cada minuto, la primera en acercarse fue una mujer clave en la corta vida de Walter Olmos: su novia Vanesa Passaro, una muchacha exuberante y de cuerpo infernal conocida por sus dotes como bailarina y sus medidas llamativas e impresionantes. Walter la adoraba y la veneraba, daba todo por ella, pero sus fanáticas la odiaban. La creían responsable de todos sus males y todos sus pesares y todas sus angustias y todas sus tristezas y, por supuesto, en aquellas horas de intrigas, dudas y sospechas la responsabilizaron por su deceso.
Cuando las seguidoras del catamarqueño se juntaron en la puerta del hotel y se enteraron que Vanesa estaba adentro quisieron ingresar para hacer justicia por mano propia. No lo lograron, pero la rubia necesito de una custodia policial para eludir la ira de esas chicas que juntaban en sus venas y en su sangre el dolor infinito por la muerte de su ídolo y la ira gigantesca tener a mano a la mujer a la que creían culpable de todos los padecimientos del muchacho.
Como pudo, Vanesa se recompuso, intentó rehacer su carrera artística y mantenerse alejada del bochinche mediático. A veces lo logró, a veces no. Con el tiempo se animó a contar que fue acosada por alguien groso del ambiente y tuvo un hijo con otro famoso, pero no artista sino deportista: el Pato Patricio Toranzo, un exquisito jugador de fútbol surgido en River y con pasos por Racing y el exterior pero que indudablemente se aquerenció y fue ídolo de Huracán, donde las pasó todas: desde sacar campeón al club después de 41 años sin títulos hasta perder una parte de su pie en un recordado accidente de micro en Venezuela.
Ha pasado el tiempo -en septiembre de este año se cumplirán 24 años- pero Vanesa, ya una mujer madura y experimentada- aun se muestra sensual en su cuenta de Instagram. Aunque la buscaron y la pincharon y hasta le ofrecieron algún que otro dinero prefirió no hablar otra vez de esa noche de la desgracia. Y llevarse con ella algunos de los secretos que conocía de Walter, que estaba tan enamorado de ella que era capaz de contarle todos y cada uno de sus asuntos.

LA MAMA DE WALTER OLMOS, OTRA FIGURA IMPORTANTISIMA EN SU VIDA
Vanesa estaba peleada con la otra mujer decisiva en la vida de Walter Alberto César Olmos Gómez, su mamá Noemí Nieto, que lo tuvo cuando tenía nada más que 15 añitos. A esa edad en vez de estar preparándose el vestido, prendiendo velas o bailando el vals estaba en una sala de parto pujando para tener al primero de sus nueve hijos. Curiosamente, las dos se acusaban de lo mismo: de querer "vivir" a Walter, de aprovecharse de su fama repentina y de "no trabajar" gracias al dinero que les podía dar o acercar él. Nunca pudieron acercarse ni reconciliarse. Jamás, ni con el paso del tiempo.
La mamá y algunos más sospecharon otra cosa. Aunque sin hacer mucho ruido, apuntaron a la siempre sospechada "mafia de las bailantas" que en aquel momento, se sospecha, ejecutaba sin remedio ni dilaciones a todo aquel que se animara a desconocerla o tan siquiera a desafiarla. Para ellos, Walter tenía una personalidad muy muy fuerte y era capaz de "retobársele" a cualquiera cuando algo no le gustaba. "No medía consecuencias, siempre era a todo o nada él" refrescan su memoria cada tanto. Piensan, intuyen, creen, que algo de eso puede haber sucedido. No se explican, además, como Walter tuvo el mismo final -repentino y trágico- que Rodrigo, el que alguna vez lo escuchó de casualidad y en segundos dijo "si no es la Mona, quiero que este pibe toque conmigo". Lo había confundido...
"Soy negro, feo y no se cantar pero la gente me sigue porque le hablo con el alma y el corazón" fue el título de la única nota que Walter Olmos le dio a Paparazzi en su apogeo. Tendría 18 o 19 años, porque todo en su vida sucedió a la velocidad de la luz. Sufrió violencia, protagonizó hechos que rozaron la delincuencia juvenil, estuvo alojado en un centro de rehabilitación para menores, escuchó una canción y dijo "yo quiero vivir de esto", lo hizo, cantó por un plato de comida, lo descubrió el Potro, se fue con él, llegó a vender 150.000 discos y a mover a varios miles de personas a sus recitales, amó, fue amado, lo pasó bien, lloró, conoció estudios de televisión, salió de la miseria y supo que eran los lujos, en fin... Demasiado joven para vivir varias vidas en un una, demasiado joven para morir como murió.




