Épico, histórico, inolvidable, único, maravilloso y mil definiciones más. Nada alcanzará jamás para describir lo que sucedió en Atlanta, en esa tarde inmensamente feliz para todo el pueblo argentino que se construyó gracias a la Selección Argentina.
Ahí estuvo otra vez el corazón del campeón, el alma de este grupo impresionante de jugadores que redactaron una historia imposible de dimensionar. La victoria ante Inglaterra se constituye en una de los triunfos más gloriosos de todos los tiempos.
Encima ante ese rival, que representa a una carga simbólica gigantesca para todo nuestro país, por los antecedentes. Y ni hablar de las dificultades, porque una jugada aislada arrinconó a la Scaloneta y la obligó a revertir un resultado complejo.
Nuevamente en el tramo final, con el reloj como enemigo, ahí brotó el coraje y principalmente la enjundia y el juego. Lionel Messi gravitó, porque la pidió, encaró y participó de los dos golazos, de ese de Enzo Fernández con un pase corto. Luego, con el centro que partió de sus mágicos botines para el salto más inolvidable de Lautaro Martínez.
EL FESTEJO DE LEO MESSI
El sufrimiento se apoderó de los millones de argentinos, con esos pelotazos frontales de los británicos, que siempre se toparon con una muralla, la de los cabezazos de Cuti Romero y Nico Otamendi. Hasta que por fin llegó ese sonido: el pitazo del árbitro.
En ese instante de deshago, de un alarido interminable, Lionel se desplomó sobre el pasto y de rodillas agachó la mirada, en un gesto espectacular, que demuestra todo lo que vibraba en su interior. El mejor de toda la historia entendió que regresará a una final de un Mundial, su tercera, y se lo merecía más que nadie. Gracias Leo.


