Lionel Messi sumó en las últimas horas un reconocimiento tan simbólico como único. En medio de su descanso veraniego junto a su familia, el capitán de la Selección argentina recibió la Medalla del Tricentenario de Rosario, una distinción histórica que muy pocos tienen y que refuerza, una vez más, el vínculo inquebrantable entre el mejor futbolista del mundo y su ciudad natal.
El homenaje se dio en el marco de los 300 años de Rosario, una fecha cargada de significado para la ciudad y sus habitantes. La condecoración fue realizada por el Círculo Numismático de Rosario, que acuñó una serie limitada de apenas 150 medallas, convirtiendo a la pieza en un objeto de altísimo valor simbólico e histórico.
Messi recibió una de las versiones más exclusivas: la medalla de gran tamaño, de la cual solo existen 10 ejemplares. Este tipo de distinción está reservada únicamente para personalidades de relevancia extraordinaria. De hecho, el otro gran nombre que integra este selecto grupo es el Papa León XIV, quien recibió la suya meses atrás.
La iniciativa no fue casual ni improvisada. Desde el Círculo Numismático explicaron que la idea de acuñar medallas conmemorativas retoma una tradición histórica de la ciudad: en 1925, con motivo del bicentenario de Rosario, se había realizado una emisión similar. Cien años después, la historia vuelve a repetirse, esta vez con Messi como protagonista central.
El diseño de la medalla también está cargado de símbolos. En su anverso se puede observar la estatua ecuestre del General Manuel Belgrano, ubicada en el Parque Independencia, con el Monumento Nacional a la Bandera como fondo, dos íconos indiscutidos de la identidad rosarina.
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Además, figura la inscripción del Círculo Numismático Rosario y el año de su fundación, 1952. En el reverso, la pieza exhibe el escudo del municipio rodeado de laureles y la leyenda: “Tricentenario de la ciudad de Rosario 1725–2025”. Un detalle que convierte a la medalla en un objeto de colección irrepetible.
Así, Rosario selló una vez más su amor eterno con Lionel Messi. No fue un gol, ni una copa, ni un récord más. Fue la medalla que le faltaba, la que no se gana en una cancha, pero que confirma que, para su ciudad, Leo no es solo el mejor del mundo: es y será siempre uno de los suyos.



