Una vez que terminó la final —áspera, aguerrida, desfavorable en casi todos los minutos, con prórroga incluida—, Lionel Messi se sentó en el campo de juego del Met Life con los brazos cruzados sobre las rodillas y la mirada perdida. La Selección Argentina acababa de perder contra España por 1-0 y el sueño del bicampeonato se había terminado. Pero hasta ese momento, Leo se mostraba entero.
Todo fue distinto cuando subió a recibir la medalla de subcampeón, que se la calzó el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Quizás entonces a Messi le cayó la ficha: que ya no habría revancha en los mundiales, que la copa —que no había venido a ganar, sino a defender—, se la habían arrebatados de las manos en los últimos minutos.
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Y ahí mismo se quebró. Y de nuevo exhibió la mirada perdida, pero esta vez, con lágrimas en sus ojos. Y a puro desconsuelo, parado en soledad, pero rodeado de los compañeros que la bancaron en todas, en las batallas contra Cabo Verde, Egipto, Suiza, Inglaterra... pero que este domingo, poco y nada pudieron hacer.

Ahora, el campeón del mundo es España. ¿Es justo? Sí, lo es. Jugaron mejor, nos superaron. Pero lo vivido en esta Copa del Mundo de Estados Unidos, Canadá y México quedará grabado para siempre en los corazones de millones de argentinos.
Con la medalla colgada en el cuello, Messi comenzó su propio duelo deportivo. Y nosotros, el nuestro: ya no veremos más en el mundial al mejor jugador de todos los tiempos. Que cayó de pie, que brilló a los 39 años, que nos regaló una Copa del Mundo, otras dos de América, que nos hizo creer hasta el último instante.
Las lágrimas de Messi se confunden con las nuestras.

