Todo es conmoción y dolor en Tucumán tras el hallazgo de los cuerpos de Solana Albornoz y Mariano Robles, la pareja que el sábado se despidió de sus dos pequeños hijos para ir a un casamiento en Tafí Viejo. Una salida simple, necesaria. Una noche para ellos. Nunca volvieron. Quedaron atrapados dentro de su auto en medio del temporal que desbordó la provincia y los dejó sin salida.
El vehículo en el que viajaban, un Nissan Versa blanco, fue arrastrado por la corriente, terminó volcado dentro de un canal de riego y quedó a varios metros de la ruta. No lograron escapar. El agua avanzó sin darles tiempo, cerrando cualquier posibilidad. Los encontraron abrazados, en una escena que estremece.
Solana y Mariano habían salido del casamiento y regresaban en plena tormenta. Lo que empezó como una lluvia más se transformó en un escenario fuera de control: calles anegadas, correntadas imprevisibles y zonas completamente colapsadas. En ese contexto, el auto quedó varado. Resistieron como pudieron. Esperaron. Intentaron sostenerse frente a una situación que ya era imposible.

Lo último que se supo de ellos fue un mensaje. Avisaron que estaban demorados, que esperaban que bajara el nivel del agua. Del otro lado, todavía había calma. Pero afuera, todo había cambiado. Con el paso de las horas y la falta de noticias, la angustia creció. Familiares y vecinos iniciaron una búsqueda desesperada en redes sociales, sin imaginar el desenlace que se confirmaría al día siguiente.

QUIÉNES ERAN SOLANA ALBORNOZ Y MARIANO ROBLES
El hallazgo fue devastador. El auto había sido desplazado por la corriente hasta un canal cercano a un club de la zona. Allí quedaron atrapados, sin poder salir del habitáculo. La fuerza del agua hizo el resto. La reconstrucción posterior dejó una certeza brutal: no hubo margen, no hubo tiempo, no hubo forma.

Detrás de la noticia, la historia golpea más fuerte. Solana, de 32 años, trabajaba en la Casa de Gobierno; Mariano, de 28, en la Caja Popular. Eran jóvenes, con proyectos, con una vida en movimiento. Y eran padres. Esa noche habían dejado a sus dos hijos —Roma, de 5 años, y Nicanor, de 9 meses— al cuidado de una niñera para poder salir.
En sus redes, ella se mostraba agradecida, centrada en su familia, en el amor que construían día a día. Nada anticipaba el final. Y ahí, en ese contraste brutal, es donde la tragedia se vuelve insoportable: salieron a celebrar y no volvieron, mientras sus hijos los esperaban en casa.

